Cossos infralleus

Mirar la luz tocar las cosas

texto del catálogo

Mònica Planes y Alejandro Palacín

El paisaje es una idea aprendida. En Occidente ha costado muchos años llegar a concebirlo. Es una relación subjetiva entre el ser humano y el medio en el que vive, que se establece a través de la mirada. Los campesinos trabajaban la tierra, hacían el paisaje, pero como estaban inmersos en él, en contacto, no lo percibían. Para que el paisaje fuera posible, hizo falta separarse de él y verlo desde fuera para poder contemplarlo como objeto de placer estético. 

Pero la concepción del paisaje no solo se forma a través de la mirada, sino también a través del resto de sentidos, sobre todo del tacto, del contacto con la piel. Porque, aunque sean invisibles, las condiciones atmosféricas son una parte determinante a la hora de percibir y concebir un paisaje. Entre estas condiciones está la luz: la luz te puede tocar, pero tú no puedes tocarla a ella. Y en el momento en que toca las cosas, las cosas existen, se hacen visibles. En cambio, la luz sin objeto es invisible, como en el universo. Puede iluminarlo todo menos a sí misma. 

Aïda hace visible la luz. Utiliza distintos medios y estrategias para relacionarse con ella y registrar cómo esta entra en contacto con los cuerpos para materializarla. Captura la atmósfera de sitios y de momentos concretos a partir de dar cuerpo a todos aquellos elementos intangibles y pasajeros que conforman los alrededores. No la produce ni la reproduce, la registra. Vivimos cerrados en construcciones que nos aíslan del exterior: de la temperatura, del ruido, de los otros... Pero la luz se filtra en estos espacios y los modifica. El suelo de casa o las cortinas, por ejemplo, a lo largo del día son de mil colores distintos a medida que la luz los toca. La luz, sin embargo, no solo modifica el color sino que, con el paso del tiempo, también transforma los materiales, provocando marcas y señales de distintas tonalidades. 

Para percibir este tipo de incisiones infraleves hace falta estar allí, convivir con ellas. Es por eso que, para Aïda, su casa es una localización esencial para el desarrollo de sus prácticas. Es allí donde, inmersa en su día a día, va registrando estas modificaciones que nota, como una actividad más de su cotidianidad. Como si coprodujera todas las obras con el tiempo, su parte consiste básicamente en contemplar: contemplar como una forma de afección ante lo que mira, y sentir como una forma de conocer. Como el papel fotosensible dentro de la cámara, Aïda se predispone y se expone a captar y absorber todo lo que la rodea. Es por este motivo que, aunque el escenario habitual sea la casa, de cara a su investigación, contrapone el espacio cuotidiano a parajes inhóspitos y salvajes como la Antártida o el desierto de Atacama, en los que el cuerpo solo puede ser aquello que siente y se deja afectar. 

Esto es lo que podemos ver en las últimas piezas que presenta para esta exposición. Curvando el mismo papel con el que ya había trabajado para las estampas, ahora produce espacios cerrados en forma de cilindros y óvalos que concentran la luz y el color creando alrededores cercanos al campo de visión humano. De esta forma, no solo rodea la luz, sino que también nos envuelve a nosotros con ella. Es así como Aïda Andrés nos deja entrar en sus paisajes convirtiéndonos en sujetos afectados por los alrededores que crea, y nos hace ver el interior de la Fundació Arranz-Bravo tintada de sus colores. 

Exposición individual

2017

Fundació Arranz Bravo, Hospitalet del Llobregat, Barcelona

Fotografías Luca Tronci

 
 

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